lunes, 11 de octubre de 2021

 PREFACIO

Qué triste estas mi Buenos Aires más gris que nunca y lo afirmo con el conocimiento que dan los años porque si bien estoy escribiendo en el 2021 nací en 1960 y desde ese instante y en forma ininterrumpida estoy en mi querida Buenos Aires habiendo sido testigo de un montón de circunstancias buenas y malas, pero ninguna tan gris y opaca como ahora.  Los empedrados tan amados por los poetas criollos y por varios y emotivos tangueros pasaron a ser una molestia más que una demostración de que el tiempo nos da un sosiego cada vez que paramos la vorágine diaria para tomar un café o charlar acunados por el sol de las 13 hs. A poco que nos detengamos a observar la ciudad que nos rodea mientras transitamos presurosos y de andar desprolijo por alguna de sus calles, que creíamos eternas hoy no estoy tan seguro, veremos que de pronto se han vuelto grises y que el brillo que las caracterizaba se ha opacado de tal forma que más que la metrópoli pujante que nos sorprendía positivamente casi a diario hoy parece remedar pasillos de viejas construcciones abandonadas y castigadas por el paso del tiempo.

Que cruel ha sido el destino con nuestra querida Buenos Aires y, por ende, con nosotros que nos ha vuelto ciegos selectivos porque nos ha puesto en un lugar desde el cual solo podemos ver las ruinas de la gran ciudad pero no su esplendor y belleza que nos lleva a preguntarnos si todavía existirán y la triste respuesta sea que no existe esa selectividad de miradas sino que poco a poco se han extinguido y no fuimos capaces de hacer nada. Ya ni las luces de la Avenida Corrientes brillan de tal manera que pueda sorprendernos sino parecen bichitos de luz que orgullosos de su poder brillan en el gris que predomina invencible porque somos nosotros también los que llevamos de un lado a otro la tristeza que nos domina hasta abatirnos.  Muchos de los que lean esta obra me creerán un exagerado serial y que la cosa esta de la ciudad no es para tanto por eso los invito a que vayan a los barrios tanqueros donde el gris era señorial y elegante y comprueben que no sigue siendo así que ya no obedece al estilo compadrito tanguero, sino que se parece más al abandono depresivo que a otra cosa ya nos da igual solo queremos irnos.

Para colmo nos inventaron una pandemia tan eterna como la desidia de la ignorancia de los políticos de turno y su corrupción que, entre otras cosas, aumento el caudal de tristeza y desesperanza que sirvió para hundir, aún más, a mi querida Buenos Aires.

Yo sé muy bien qué triste no es una categoría sociológica o política; sé que es una afirmación casi bobita y, sin embargo, me pareció triste. Nunca había oído a tantos diciéndome que si no fueran tan viejos o tan pobres o tan cobardes se irían del país; nunca, a tantos diciéndome que ojalá se fueran por lo menos sus hijos o sus nietos; sin embargo, aún no podemos aglutinar en unos pocos términos los motivos por los que se cubrió de tristeza Buenos Aires. Por supuesto que esta desazón solo nos puede conducir al abandono que ahora está  sufriendo mi Buenos Aires con sus venas sangrando producto de la desaparición de su siempre alegre belleza intercambiada por suciedad  acompañada de miles de negocios cerrados y toda su gente con su algarabía y ganas de divertirse sin importar el día ni la hora en su gran mayoría también desaparecida.

 


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