PREFACIO
Qué
triste estas mi Buenos Aires más gris que nunca y lo afirmo con el conocimiento
que dan los años porque si bien estoy escribiendo en el 2021 nací en 1960 y
desde ese instante y en forma ininterrumpida estoy en mi querida Buenos Aires
habiendo sido testigo de un montón de circunstancias buenas y malas, pero
ninguna tan gris y opaca como ahora. Los
empedrados tan amados por los poetas criollos y por varios y emotivos tangueros
pasaron a ser una molestia más que una demostración de que el tiempo nos da un
sosiego cada vez que paramos la vorágine diaria para tomar un café o charlar
acunados por el sol de las 13 hs. A poco que nos detengamos a observar la
ciudad que nos rodea mientras transitamos presurosos y de andar desprolijo por
alguna de sus calles, que creíamos eternas hoy no estoy tan seguro, veremos que
de pronto se han vuelto grises y que el brillo que las caracterizaba se ha
opacado de tal forma que más que la metrópoli pujante que nos sorprendía
positivamente casi a diario hoy parece remedar pasillos de viejas
construcciones abandonadas y castigadas por el paso del tiempo.
Que
cruel ha sido el destino con nuestra querida Buenos Aires y, por ende, con
nosotros que nos ha vuelto ciegos selectivos porque nos ha puesto en un lugar
desde el cual solo podemos ver las ruinas de la gran ciudad pero no su esplendor
y belleza que nos lleva a preguntarnos si todavía existirán y la triste
respuesta sea que no existe esa selectividad de miradas sino que poco a poco se
han extinguido y no fuimos capaces de hacer nada. Ya ni las luces de la Avenida
Corrientes brillan de tal manera que pueda sorprendernos sino parecen bichitos
de luz que orgullosos de su poder brillan en el gris que predomina invencible
porque somos nosotros también los que llevamos de un lado a otro la tristeza
que nos domina hasta abatirnos. Muchos de
los que lean esta obra me creerán un exagerado serial y que la cosa esta de la
ciudad no es para tanto por eso los invito a que vayan a los barrios tanqueros
donde el gris era señorial y elegante y comprueben que no sigue siendo así que
ya no obedece al estilo compadrito tanguero, sino que se parece más al abandono
depresivo que a otra cosa ya nos da igual solo queremos irnos.
Para
colmo nos inventaron una pandemia tan eterna como la desidia de la ignorancia
de los políticos de turno y su corrupción que, entre otras cosas, aumento el
caudal de tristeza y desesperanza que sirvió para hundir, aún más, a mi querida
Buenos Aires.
Yo sé muy bien qué triste no es una categoría
sociológica o política; sé que es una afirmación casi bobita y, sin embargo, me
pareció triste. Nunca había oído a tantos diciéndome que si no fueran tan
viejos o tan pobres o tan cobardes se irían del país; nunca, a tantos
diciéndome que ojalá se fueran por lo menos sus hijos o sus nietos; sin embargo,
aún no podemos aglutinar en unos pocos términos los motivos por los que se
cubrió de tristeza Buenos Aires. Por supuesto que esta desazón solo nos puede
conducir al abandono que ahora está
sufriendo mi Buenos Aires con sus venas sangrando producto de la
desaparición de su siempre alegre belleza intercambiada por suciedad acompañada de miles de negocios cerrados y
toda su gente con su algarabía y ganas de divertirse sin importar el día ni la
hora en su gran mayoría también desaparecida.
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